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Voy a decirlo sin rodeos: yo soy romántica. No de las que esperan que le escriban poemas bajo la lluvia, pero sí de las que aprecian un “te he traído tu chocolate favorito” sin que sea necesario un motivo. Me gustan las flores, los bombones y los masajes. Me gustan las cenas a la luz de las velas y los mensajes de buenos días. Me gustan los pequeños detalles y las grandes demostraciones, leche… porque a estas alturas de la vida sé que el verdadero cuento empieza cuando te comes las perdices.

Porque el romanticismo, bien entendido, no es solo cosa de películas ni algo exclusivo para adolescentes con exceso de serotonina. Es el pegamento de cualquier relación. Es lo que diferencia un vínculo emocional de una mera convivencia logística. Y sí, me refiero a cualquier relación: monógama, poliamorosa, abierta o cerrada con llave y triple candado. Porque lo importante no es la estructura, sino el cariño, el detalle, la intención de seguir cuidando a la otra persona con el paso del tiempo.

Y, ojo, que esto no es solo una percepción mía de alma romántica. La ciencia lo respalda. Varias investigaciones han demostrado que las muestras de cariño en una relación reducen el estrés, mejoran la autoestima y refuerzan el vínculo. Vamos, que un simple “hoy pensé en ti” puede tener más efecto que una semana de meditación guiada en una app de mindfulness.

El miedo a ser romántico (o cómo nos volvimos alérgicos a los sentimientos)

Y sin embargo, aquí estamos. En la era del “no demuestres demasiado interés” y del “sé indiferente para que te valoren”. La era en la que un “me gustas” sin rodeos es casi una declaración de guerra.

Nos hemos vuelto alérgicos al romanticismo porque nos han metido en la cabeza que expresar sentimientos es exponernos demasiado. Como si decir “te echo de menos” sin motivo te pusiera en peligro de ser cazado por una tribu de depredadores emocionales.

Nos hemos convertido en expertos en jugar al despiste:
✅ Un meme en vez de un “te quiero”.
✅ Un “ja, qué tonto eres” en vez de un “me haces feliz”.
✅ Un mensaje seco y sin emoticonos en vez de un “¿cómo estás? Cuéntame de tu día.”

Y claro, entre el pánico al rechazo y el terror a parecer demasiado involucrados, nos quedamos en relaciones prácticas pero frías, funcionales pero sin alma.

Nos da miedo ser románticos porque pensamos que nos hace vulnerables. Y lo cierto es que sí, lo hace. Porque demostrar amor es asumir el riesgo de que no sea correspondido en la misma medida. Es decir “me importas” sin garantía de que el otro sienta lo mismo. Pero si no nos atrevemos a demostrarlo, nos quedamos atrapados en vínculos en los que nadie se atreve a dar un paso. Y, sinceramente, ¿qué gracia tiene eso?

Cuando el momento más romántico del día es intentar no quedarte dormida en el plato de la cena

A mí el romanticismo se me escapó en la maternidad. Porque cuando sobrevives con tres horas de sueño, dando teta a demanda (esto es otra herramienta de opresión del patriarcado) el único gesto romántico que deseas es que alguien te tape con una manta y te diga: ‘duerme, no te preocupes por nada’.

Las noches de “vamos a ver una peli juntos” se convirtieron en un ritual de apagón instantáneo: yo en el sofá, lista para compartir un momento, y cinco minutos después, completamente inconsciente. Olvídate de miradas cómplices, abrazos espontáneos o conversaciones profundas, nada.

Y claro, si a esto le sumas que mi expareja tenía un nivel de afecto equivalente al de un Excel en blanco, y le emocionaba más leer instrucciones de juegos de mesa (en inglés!!) que buscar planes para disfrutar juntos, pues la suerte estaba echada. No había chispa, no había fuego, ni una mísera brasa que soplar. Como Shakira “Yo sabía que esto pasaría”

Y ahí fue cuando me di cuenta: sin romanticismo, el amor puede seguir existiendo, pero deja de sentirse. Y cuando el amor no se siente, te acostumbras a la ausencia de emoción, hasta que un día te das cuenta de que lo único que echas de menos es a alguien que te lleve a la cama antes de quedarte frita en el sofá.

Romanticismo: el pegamento entre funcionalidad y emoción

Voy a ser clara: extraño el romanticismo. No el de los grandes gestos forzados, ni el de los amores tortuosos que parecen guiones de novela turca. Extraño el romanticismo del bueno, el que te hace sentir especial en lo cotidiano.

Porque aquí está el punto clave: el romanticismo es el pegamento que marca la diferencia entre una relación funcional y una relación con emoción.

Se puede estar con alguien por logística, por comodidad, por estabilidad. Pero eso no es lo mismo que estar con alguien y sentirlo.

El amor se mantiene con comunicación, respeto y compromiso, sí. Pero si falta la emoción, si falta el detalle, si falta el recordarle al otro que sigue siendo especial, entonces se convierte en una sociedad limitada.

Y eso no lo quiero para mí.

Que vuelva el romanticismo (pero sin dramatismos, gracias)

Quiero el romanticismo de los pequeños detalles:
✨ Un café traído a la cama.
✨ Un mensaje bonito sin que sea mi cumpleaños.
✨ Un “he pensado en ti” sin más.
✨ Un “descansa, yo me ocupo” cuando el otro está agotado.

No quiero romanticismo solo en San Valentín. Lo quiero un martes cualquiera.

Porque si el amor es lo que mantiene a una pareja o a un vínculo unido, el romanticismo es lo que evita que se conviertan en simples compañeros de piso con tarifa compartida de Netflix.

Y yo no quiero solo compartir techo, yo quiero compartir la vida. Pero con emoción, leche. 🌹✨

Hoy, llenemos el mundo de romanticismo (que falta nos hace, leche)

Si hemos aprendido algo de todo esto, es que el romanticismo no es un lujo, es un recordatorio de que nos importamos. Así que basta ya de jugar a la indiferencia, de hacernos los fuertes, de escatimar cariño como si nos fueran a cobrar impuestos por demostrar amor. Hoy quiero que todos llenemos las calles de flores, los buzones de cartas de amor y los pies de masajes.

Porque si el romanticismo es el pegamento que mantiene vivas las relaciones, hoy toca pegarlas bien fuerte.

Y no solo por nosotros, sino porque el mundo ya está lo suficientemente lleno de estrés, facturas, emails sin contestar y noticias que te dejan el alma seca. Si algo nos falta es amor, del bueno, del que cuida, del que no necesita una fecha en el calendario para demostrarse.

Así que venga, que el cariño es gratis y hay que repartirlo. Menos prisas, menos excusas y más abrazos, más “te quiero”, más “te he comprado tu chocolate favorito porque sí”.

Si tu también eres romántico/a  deja en comentarios : «Yo soy romántico/a» junto a una petición romántica a tu pareja y envíale el enlace de mi blog

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