Presencia, valores y psicología para atravesar la Navidad con más sentido
El pasado
Hay Navidades que no echo de menos por lo que hacíamos, sino por cómo estábamos.
Añoro las Navidades de mi infancia con mi familia de origen. Éramos muchos: primos, primas, tías, tíos. La casa llena, el ruido constante, la sensación de pertenecer a algo más grande que una misma. No era una Navidad perfecta, pero era una Navidad habitada.
Las primas inventábamos coreografías improvisadas, ensayábamos villancicos una y otra vez, convencidas de que aquello era importantísimo. Cantábamos, bailábamos, repetíamos, y siempre acabábamos con el ande, ande, ande, la Marimorena, esperando con risitas la estrofa del viejo cachirulo y su uña negra. Montar el Belén era casi una obra arquitectónica colectiva: mover el musgo, recolocar montañas imposibles, decidir dónde iba el río… y esconder al cagalet entre los pliegues del papel de tierra, esperando a que alguien lo descubriera.
No había prisa. Las reuniones no eran solo comer rápido para ir al siguiente sitio. Eran encuentros que se alargaban porque nadie estaba mirando el móvil, porque no había un “después” más importante que el ahora.
Hoy el móvil nos saca del momento justo cuando está ocurriendo. Estamos en la mesa, pero una parte de nosotras ya está en otro lugar. Y, sin darnos cuenta, dejamos de habitar lo que pasa delante.
Durante mucho tiempo he querido que mis hijas vivieran algo parecido. No la misma Navidad —porque eso es imposible—, sino esa sensación de presencia compartida. Que estas fechas no fueran solo una sucesión de planes, sino un tiempo que dejara huella.
Pero no ha sido posible. Entre otras cosas, no tienen primos de su edad. Y, además, la presencia se vuelve difícil de sostener cuando hay tantos eventos que cumplir. Comidas, compromisos, planes que se pisan unos a otros. La agenda manda, incluso cuando el deseo va por otro lado.

El darse cuenta
No sé muy bien en qué momento todo empezó a cambiar. Sé que mi deseo profundo de hacer felices a mis niñas fue transformándose, casi sin darme cuenta, en una carrera hacia el plan perfecto de Navidad. Poco a poco, la felicidad se fue deslizando hacia la idea de que no faltara nada, de que todo estuviera cubierto, de que cada día tuviera su plan. Dejó de tener que ver con estar juntas y empezó a parecerse demasiado a satisfacer deseos, a cumplir expectativas, a llegar a todo.
Así la Navidad se fue llenando de listas, de prisas y de decisiones rápidas. Comprar regalos, envolverlos deprisa, ver cómo se abren en segundos, apartar los papeles y seguir. La siguiente comida. El siguiente plan. Patinar, ver las luces, comer buñuelos, subir a las atracciones de feria, volver a comer, volver a comprar. Y en medio de todo eso, una sensación creciente de agotamiento, como si parar no fuera una opción.
Hace unos días le pregunté a mis hijas qué querían para Reyes. No lo sabían.
La mayor, medio enfadada, me dijo:
—Mamá, pero si hace tres días vino Papá Noel.
En ese momento se mezclaron muchas cosas. Ansiedad por no saber la respuesta, porque me había dejado justo ese hueco para ir a comprar y después ya no sería posible. Una sensación de empacho existencial ante la idea de salir a buscar, sin tiempo ni calma, regalos que ni siquiera nacían del deseo. Y, sobre todo, una mala leche bastante lúcida al darme cuenta de que estaba a punto de gastar dinero en objetos que probablemente acabarán ocupando espacio en una casa pequeña, sin generar demasiada ilusión. No era tanto un problema de regalos, sino algo más profundo: la sensación de estar atrapada en una lógica de cumplir, de producir felicidad a contrarreloj.
Muchas personas viven la Navidad como un periodo de estrés, expectativas y sobreestimulación emocional, aunque por fuera parezca un tiempo de celebración. Pero hay otra experiencia, más silenciosa, que también aparece en estas fechas: cuando no hay planes, cuando el dinero no alcanza, cuando no hay amigos disponibles o la familia no está cerca. En esos casos, la Navidad puede convertirse en un espejo incómodo donde el dolor no se tapa con actividad, y la ausencia de estímulos se vive como una ausencia de valor personal.
No es solo soledad. Es la sensación de que, si no hay planes que mostrar ni experiencias que consumir, algo falla en la propia vida. Como si el no tener —no tener dinero, no tener compañía, no tener una agenda llena— se tradujera automáticamente en no ser suficiente. Y ese vacío, más que individual, es profundamente cultural.
En medio de esa pequeña locura navideña, hubo algo que me ayudó a parar un segundo. Algo muy sencillo que me recordó mi amiga Sandra: volver a la gratitud de lo que ya está. No como una consigna positiva ni como un “debería estar agradecida”, sino como un gesto mucho más honesto. Mirar alrededor y reconocer lo que sí está presente, aunque no sea perfecto ni espectacular.
Ese recordatorio me llevó directamente a uno de mis valores: estar presente y disfrutar de lo que ya está, en lugar de seguir persiguiendo lo que falta. Darme cuenta de que quizá no necesito más planes, más regalos o más estímulos para que este momento tenga sentido. Que a veces el disfrute aparece cuando dejo de empujar la realidad para que sea distinta y me permito habitarla tal como es.
No fue una revelación grandiosa. Fue más bien un pequeño ajuste de mirada. Pasar de la urgencia a la presencia. De la carrera a quedarme un poco más. Y desde ahí, todo empezó a sentirse menos pesado, más vivo.

La felicidad como exigencia
Vivimos en una cultura que ha convertido la felicidad en exigencia. No como algo que aparece y desaparece, sino como algo que hay que producir, sostener y demostrar. El filósofo Byung-Chul Han describe cómo hemos pasado de una felicidad ligada al descanso, al vínculo o al sentido, a una felicidad entendida como intensidad y acumulación: experiencias, estímulos, momentos “especiales” encadenados sin pausa.
En este modelo, la felicidad ya no es algo que se recibe o se comparte, sino algo que se rinde. Hay que vivirlo todo, aprovecharlo todo, no perderse nada. Y cuando el cansancio aparece, cuando la ilusión no llega, cuando el cuerpo pide parar, el malestar se vive como un fallo personal y no como una señal.
La Navidad condensa esta lógica de forma casi perfecta. No basta con un encuentro: hay que tenerlos todos. No basta con un gesto: hay que cumplir el circuito completo. Y así, incluso aquello que nació para reunirnos puede acabar dejándonos exhaustas y desconectadas.
Para sostener esta exigencia, muchas veces el dolor se queda fuera. No porque no exista, sino porque no encaja. No mostramos el cansancio, la ambivalencia, la tristeza suave que también forma parte de estar vivas. Y cuando el dolor no circula, algo de lo humano se pierde: el otro deja de ser un lugar donde descansar y se convierte en un escenario donde actuar.
Parar, entonces, no es solo dejar de hacer. Es permitirse no estar bien delante de otros. Y eso, hoy, parece casi un acto de rebeldía.

Los valores
Cuando la felicidad deja de ser una carrera, lo que suele aparecer no es euforia, sino sentido. Sentido como dirección, como coherencia interna, como la sensación de que la vida que vivimos —con sus límites y sus imperfecciones— tiene algo que ver con lo que nos importa.
Quizá por eso conviene diferenciar entre lo que tenemos y lo que orienta nuestra vida. Tener pareja, tener hijas, tener familia, tener planes. Todo eso puede darse o no darse. Depende de circunstancias, de momentos vitales, de otros. Pero no es lo mismo tener que cuidar. No es lo mismo acumular encuentros que habitarlos.
Desde la psicología contextual hablamos de los valores como direcciones, no como objetivos. Los objetivos se alcanzan o se pierden. Los valores no se tienen: se practican. Son una manera de caminar, no un lugar al que llegar. Como un jardín que nunca está terminado, pero que da sentido al gesto cotidiano de regarlo.
YO HOY quiero regalar Presencia en todo lo importante: mis hijas, mis amigas, mi familia. Estar presente es, quizá, el mayor regalo que nos podemos hacer. Y la presencia no nace del hacer, sino del no hacer. Del ir más despacio. De no añadir un plan más. De permitir que el momento no tenga que ser distinto a como es.
Pararse ya no es quedarse atrás.
Pararse puede ser volver a la dirección.
Volver al valor.
Preguntas para el yo que viene
Y quizá baste con dejar abiertas algunas preguntas.
No para responderlas bien, ni rápido, ni del todo.
Solo para que nos acompañen.
¿Qué hay ya en tu vida que merece más presencia y menos prisa?
¿Qué valor te gustaría cuidar este año, incluso cuando no todo vaya bien?
¿Con qué te gustaría comprometerte a estar un poco más, en lugar de hacer un poco más?
Si miraras tu vida dentro de un año, ¿qué te gustaría reconocer que sí estuvo, aunque no fuera perfecto?
¿Dónde podrías practicar hoy —solo un poco— la gratitud por lo que ya está?
No para exigirte más.
Sino para vivir con un poco más de sentido.

FELIZ VIDA GENTE QUERIDA