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Soy hija de mujeres que soñaron con un futuro distinto para sus hijas, pero que la sociedad redujo a la maternidad como único destino. Mujeres atrapadas en jornadas interminables de cuidados, en la entrega incondicional, mientras se les decía que su sacrificio era su deber, su identidad. Ellas, que no tuvieron opción, que dejaron sus sueños por el bienestar de los demás.

Soy hija de la contradicción, atrapada entre el futuro prometido y el pasado heredado. Crecí con la certeza de que la independencia económica era la clave para construir relaciones basadas en el respeto mutuo. Nos dijeron que estudiar y trabajar nos daría autonomía y rompería el ciclo de sacrificio. Y así lo hicimos: nos formamos, trabajamos, creímos que esta vez sería diferente.

Y lo creí. Hasta que fui madre. Porque no importa cuán independiente o preparada estés, la maternidad lo cambia todo. El tiempo se detiene y la vida se reduce a amamantar, a noches sin descanso, a sostener una familia, aunque ello signifique relegar proyectos, sueños e identidad. Y por amor, o por falta de opciones, seguimos sosteniendo, en un tiempo invisible donde «no hacemos nada», aunque en realidad lo damos todo

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Nos vendieron la mentira de que podíamos con todo, pero callaron la verdad más cruel: lo haríamos solas, en un sistema donde la comunidad, y las redes de apoyo han desaparecido,  mientras nos exige sonreír y responder a la expectativa de ser una buena madre, una buena mujer, una buena amante.

Nos hablan de corresponsabilidad, pero en la práctica es un espejismo. Las mujeres siguen dedicando el doble de tiempo que los hombres a las tareas del hogar y los cuidados, sumando una media de 26 horas semanales de trabajo no remunerado, lo que equivale a una jornada laboral adicional. Nos dicen que las tareas deben compartirse, pero seguimos sosteniendo la mayor parte de la carga, invisibilizadas bajo el discurso del progreso.

Nos repiten que la pareja es ‘corresponsable’ porque pone la lavadora o recoge la mesa entre las 18:00 y las 21:00, como si eso bastara. Pero no, eso no es corresponsabilidad. Corresponsabilidad es más que «ayudar» en un horario limitado. Es asumir, de forma real y equitativa, el cuidado diario, las preocupaciones, las renuncias y las decisiones que nosotras seguimos tomando en solitario.

Es reducir la jornada para llevarlos al colegio, pedir un día libre para llevarlos al médico, reorganizar tu tiempo en función de sus necesidades, sin margen para las tuyas. Es estar presente, no solo en los márgenes del tiempo libre. La conciliación sigue siendo una falacia en un sistema que penaliza a quienes priorizan el cuidado sobre la productividad. El 85% de las mujeres reconoce que la maternidad ha afectado negativamente su desarrollo profesional, mientras que solo el 10% de los hombres percibe un impacto similar en sus carreras.

No podemos hablar de feminismo sin hablar de maternidad, porque la falta de redistribución de los cuidados sigue limitando la autonomía de las mujeres y perpetuando desigualdades. La sobrecarga de cuidados y la falta de apoyo estructural nos colocan en una posición de vulnerabilidad económica y dependencia. Este desequilibrio tiene repercusiones profundas en la vida de las mujeres:

  1. Limitación de su autonomía personal y profesional. Más de la mitad de las mujeres reduce su jornada laboral o renuncia a su carrera para poder hacerse cargo de la crianza y el hogar. Esto no solo las limita en el presente, sino que reduce su acceso a ascensos, estabilidad laboral y pensiones dignas.

  2. Impacto en su salud mental y emocional. La sobrecarga de cuidados genera niveles elevados de estrés, ansiedad y depresión en las mujeres. Se estima que el 40% de las madres experimenta agotamiento extremo o ‘burnout’ materno, afectando su bienestar y su calidad de vida.

  3. Dependencia económica en la pareja. La falta de independencia financiera genera un desequilibrio de poder en la toma de decisión propias y de la familia, además hace que muchas mujeres no puedan salir de relaciones en las que no son felices, y en un extremo dónde se produce maltrato. Un 25% de las mujeres en situación de violencia de género señala la dependencia económica como una de las razones para no abandonar a su agresor.

  4. Mayor riesgo de pobreza y exclusión social. La maternidad incrementa la probabilidad de caer en la pobreza: el 27% de las mujeres en España está en riesgo de exclusión social, siendo las madres solteras y cuidadoras las más afectadas por la precariedad económica.

  5. Desigualdad en las relaciones de pareja. A pesar de los avances, las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de las responsabilidades del hogar y la crianza. Esta desigual distribución de tareas genera conflictos, frustración y desgaste emocional en muchas parejas, afectando la estabilidad de la relación.

  6. Impacto en las pensiones y en la vejez. Las interrupciones en la carrera profesional y la reducción de jornada para el cuidado de hijos o familiares tienen consecuencias a largo plazo. Las mujeres reciben pensiones un 30% más bajas que los hombres, lo que las deja en una situación de mayor vulnerabilidad en la vejez. Muchas se enfrentan a la pobreza en la tercera edad tras haber dedicado su vida al cuidado de los demás sin reconocimiento económico.

Criar no es estar de vacaciones, y el cansancio no es una queja sin sentido. La maternidad sigue siendo invisible en un sistema que solo valora lo productivo, mientras las mujeres sostienen el mundo en silencio. No podemos permitir que el esfuerzo y el agotamiento de criar sigan siendo minimizados o romantizados.

Nos enseñaron que amar era entregar, sacrificar, renunciar. Nos hicieron creer que la maternidad era sinónimo de abnegación, que el amor justificaba cualquier entrega. Pero hoy sabemos que la maternidad también debe ser elección, dignidad y justicia. No se trata de sostener solas, ni de aceptar una carga que nos doblega mientras nos dicen que es nuestro deber. Se trata de no renunciar a nuestra vida. De cuidar sin desaparecer, de amar sin perderse, de maternar sin que ello signifique dejar de ser. Porque ser madre no debe implicar resignación, sino elección. Se trata de existir con plenitud, sin sacrificios impuestos, sin culpas heredadas, sin cargas que solo nosotras llevamos. Criar es sostener la vida, pero también es sostenernos a nosotras mismas.

 

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