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Cuando el sexo también se convierte en una tarea

Uno de los grandes temores en las relaciones largas es que la pasión desaparezca. Lo sabemos casi desde el principio. En algún momento llegará la rutina, el deseo ya no será el mismo y los cuerpos dejarán de buscarse con aquella urgencia de los primeros tiempos.

Quizá por eso hemos aprendido a utilizar nuestra vida sexual como una especie de termómetro de la relación. Mientras haya deseo, parece que algo entre nosotros continúa vivo. Si el deseo disminuye, enseguida aparece la sospecha: algo está pasando.

Lo veo también en consulta. La falta de deseo —muchas veces el de ella— puede llegar formulada casi como un diagnóstico: ella no tiene deseo. Y alrededor de esa frase empiezan a organizarse el malestar, las discusiones, la distancia. La demanda parece sencilla: hay que conseguir que vuelva a tener ganas.

Fuera de consulta tampoco faltan soluciones. Hay todo un recetario para no caer en la rutina, recuperar la libido, reavivar la chispa, introducir novedades, volver a ser amantes. La sexualidad tampoco ha escapado a nuestra obsesión por optimizarlo todo. Una especie de fitness sexual: ejercicio, descanso, magnesio, colágeno… y una vida sexual satisfactoria que confirme que nosotros —y nuestra pareja— seguimos funcionando.

Porque una puede llevar quince años de relación, dos lavadoras pendientes, una reunión mañana a primera hora y estar pensando qué demonios va a cenar todo el mundo, pero cuando llega al dormitorio parece que debería transformarse en un cisne sexual: disponible, deseante, espontánea y misteriosamente ajena a todo lo ocurrido durante el día.

Y empieza la performance.

Hay que tener ganas, excitarse, disfrutar, llegar al orgasmo —a ser posible estupendo— y comprobar, de paso, que la famosa chispa sigue encendida.

Pero hay una pregunta bastante menos glamurosa:

¿Cuántas veces hemos follado sin ganas?

No necesariamente porque alguien nos haya obligado. A veces porque hacía tiempo. Porque el otro empezó y parecía más fácil continuar. Porque pensamos que las ganas aparecerían por el camino. Porque parar significaba tener una conversación que no nos apetecía tener. O porque, en algún lugar de nuestra cabeza, seguía funcionando la idea de que una pareja que está bien tiene sexo.

Y entonces puede ocurrir algo paradójico: podemos estar teniendo sexo y estar bastante lejos de nuestra propia erótica.

Tal vez, para pensar el erotismos en la vida cotidiana, antes de preguntarnos cómo recuperar la pasión haya una pregunta anterior:

¿Qué estamos llamando erótico?

Lo erótico: dejarnos afectar

Imaginemos algo muy sencillo.

Estamos tumbados junto a alguien y una mano se posa sobre nuestra espalda. No estábamos pensando en sexo. La mano permanece ahí unos segundos y algo cambia ligeramente en el cuerpo. Nos gusta su calor. Quizá nos acercamos un poco. Quizá simplemente sentimos.

Puede que aparezca el deseo. O puede que no.

La mano se retira y seguimos hablando de cualquier cosa.

Si la escena continuara —los cuerpos se acercan, aparece la excitación, hay sexo— sabríamos reconocerla enseguida como erótica. Pero si termina ahí, parece que no ha ocurrido gran cosa.

Y, sin embargo, algo nos ha pasado.

Ahí hay una forma distinta de pensar lo erótico: no solo como aquello que nos excita o nos lleva al sexo, sino como la capacidad que tienen los cuerpos de afectarse. Algo del otro nos alcanza: una mano, una mirada, una cercanía. Produce un pequeño movimiento en el cuerpo, una sensación, un placer. Y puede quedarse ahí, sin tener que intensificarse ni llevarnos a ningún lugar.

Sara Torres encuentra en Audre Lorde una forma especialmente hermosa de nombrar esa potencia erótica: la capacidad de afectar desde nuestra fuerza vital y nuestro deseo y, también, «de ser afectadas, conmovidas, transformadas», atravesando la vida sin perder «la mirada despierta, curiosa, la piel sensible, la memoria del placer y del daño».

Cómo hemos construido lo erótico

Nuestra idea de lo erótico no empieza con nosotros. También la heredamos de nuestra cultura, de las historias que hemos visto y de las imágenes que, una y otra vez, nos han enseñado qué merece ser mirado.

Porque todo imaginario selecciona. Coloca algunas experiencias en el centro y deja otras fuera. Hemos aprendido a reconocer fácilmente como erótico aquello que se parece a una secuencia conocida: la excitación aparece, aumenta, se intensifica y finalmente encuentra una descarga.

Lo vemos con especial claridad en el imaginario pornográfico más convencional, pero no solo ahí. Lo erótico parece tener que avanzar hacia algún sitio. El beso conduce a la caricia, la caricia se convierte en preliminar y el placer parece pedir más intensidad.

No hay nada problemático en esa experiencia. Lo que podemos preguntarnos es qué queda fuera cuando se convierte en nuestro principal relato de lo erótico.

Quizá hemos aprendido a mirar mejor lo que se intensifica y culmina que aquello que simplemente nos afecta. Y así podemos acabar confundiendo intensidad con sensibilidad: necesitar que algo nos sacuda para reconocer que algo nos está pasando.

Repensar lo erótico implica entonces ampliar la mirada hacia todo aquello que este relato ha ido dejando fuera. Recuperar el placer de lo que ya está presente, la capacidad de darnos cuenta de lo que ocurre en el cuerpo sin tener que intensificarlo ni perseguir un resultado. Una sensación puede aparecer, producir placer y quedarse ahí. No se trata de sustituir una forma de vivir la sexualidad por otra, sino de hacer sitio a una erótica más amplia, en la que no todo tenga que avanzar para tener valor.

 

El erotismo en lo cotidiano

Entonces, ¿cómo construimos erotismo en lo cotidiano?

Probablemente no haciendo nuestra vida más extraordinaria. Ni acumulando estímulos, novedades o experiencias capaces de sacarnos de la rutina. Eso seguiría dejando lo erótico en el mismo lugar: en aquello que destaca, que intensifica, que consigue producir una reacción.

Quizá se trate más bien de estar disponibles.

Disponibles para percibir lo que ocurre mientras ocurre. Para reconocer el placer que ya está presente antes de preguntarnos qué vamos a hacer con él. Para dejar que una mirada, una conversación, una cercanía o el contacto de otro cuerpo nos afecten sin exigirles que se conviertan en algo más.

Y para eso importa nuestra atención. Aquello a lo que atendemos también construye nuestra experiencia. Si esperamos que algo destaque lo suficiente para detenernos, buena parte de la vida afectiva puede pasar inadvertida precisamente porque sucede con menos ruido.

Construir una erótica de lo cotidiano sería entonces hacer espacio para ser afectados. No fabricar sensaciones, sino advertirlas. No perseguir el deseo, sino descubrir qué ocurre en el cuerpo cuando no le hemos marcado de antemano hacia dónde tiene que ir.

Hay algo de cierta inutilidad en todo esto que me gusta. Una sensación no tiene que servir para nada. Un placer puede tener valor por sí mismo. Un encuentro no necesita conducir necesariamente a otro lugar.

Al fin y al cabo, la mayor parte de la vida transcurre mientras no está ocurriendo nada extraordinario.

Quizá el erotismo también se construya así: dejando de perseguir lo extraordinario para recuperar el placer de lo que está presente.

Con la mirada despierta, curiosa y la piel sensible.

Para seguir pensando

 

¿Qué te produce placer?

¿Cuánto de ese placer te permites sentir sin necesidad de intensificarlo o llevarlo a algún lugar?

¿Cómo de disponible estás para dejarte afectar por el otro o la otra?

¿Qué puede estar ocurriendo ya en tu vida erótica a lo que todavía no estás prestando atención?

 

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