Intimidad, deseo y presencia en los encuentros sexuales reales
Vivimos deprisa. Saltamos de una cosa a otra y nos hemos acostumbrado a que buena parte de lo que queremos esté disponible casi inmediatamente.
Sería extraño pensar que el sexo ha quedado al margen de esta forma de vivir.
También llegamos al encuentro sexual con prisa: por excitarnos, por saber qué hacer, por comprobar si hay química, por llegar al orgasmo. Incluso por decidir rápidamente si alguien «nos funciona».
Y, sin embargo, los cuerpos tienen otros tiempos.
Hay algo inevitablemente torpe en el encuentro real. No porque algo falle, sino porque hay dos cuerpos que no coinciden de entrada. Hay que probar, ajustar, detenerse. A veces lo que funcionó deja de hacerlo. A veces aparece algo que ninguno esperaba.
Esa torpeza no es un error. Es lo que sucede cuando de verdad hay otro.
Creemos que sabemos
Al sexo llegamos con experiencias, inseguridades y guiones sobre cómo se supone que deberían suceder las cosas.
Todos los tenemos. El problema empieza cuando el guion ocupa tanto espacio que dejamos de mirar.
Actuamos como si los cuerpos fueran intercambiables: como si lo que excitó a una persona tuviera que excitar a otra o lo que funcionó ayer tuviera que funcionar hoy.
Pero un cuerpo no es un código. Ni siquiera el nuestro permanece igual.
Quizá conocer sexualmente a alguien no consista en aprender su cuerpo de una vez para siempre, sino en no dejar de prestarle atención.

Sexualidad contemporánea: el otro al servicio del yo
Nuestra sexualidad tampoco ocurre al margen de la época en la que vivimos.
Marino Pérez habla de una cultura cada vez más narcisista, centrada en lo que quiero, lo que necesito y lo que me satisface. Esa lógica también puede entrar en la intimidad:
¿Me deseas? ¿Me satisfaces? ¿Me haces sentir bien?
El otro corre el riesgo de quedar reducido a aquello que puede proporcionarnos placer o reconocimiento.
Byung-Chul Han habla de la pérdida de la alteridad: el otro deja de ser realmente otro y se convierte en un espejo en el que buscamos nuestra propia confirmación.
No solo te deseo. Necesito que me desees.
Por eso un «hoy no me apetece» puede dejar de hablarnos de lo que ocurre en el otro y convertirse rápidamente en «¿ya no le gusto?, ¿ya no me desea?».
Cuanto más necesito tu deseo para confirmar mi valor, menos espacio queda para preguntarme qué te está pasando.
Encontrarse exige aceptar algo menos cómodo: el otro no está hecho a nuestra medida.
Quizá sea precisamente ahí donde empieza el encuentro.
De la conquista al encuentro
Y hay algo de esta forma de relacionarnos que aparece incluso en las palabras.
«Voy a echar la caña».
«Anoche salió de caza».
«Te la tienes que conquistar».
Cazar, pescar, conquistar. Nuestro lenguaje está lleno de imágenes en las que alguien persigue y alguien es alcanzado. Como si desear consistiera en conseguir entrar en el territorio del otro.
Sara Torres introduce una palabra que rompe con ese imaginario: dulzura.
No como falta de intensidad ni como algo ingenuo o romántico, sino como otra forma de aproximarnos a aquello que deseamos.
Puedo acercarme a otro cuerpo intentando llevarlo hacia donde yo quiero. O puedo acercarme sin saber exactamente qué ocurrirá, dejando que su presencia también transforme la mía.
Quizá ahí esté la diferencia entre conquistar y encontrarse.
Conquistar supone entrar en un territorio. Encontrarse implica crear un lugar que antes no existía.
Un espacio que no es mío ni tuyo.
El deseo puede ser entonces algo más que el impulso que me lleva a conseguir lo que quiero: puede llevarme hacia ti con la curiosidad suficiente para descubrir qué aparece cuando nos encontramos.
Tal vez ahí empiece otra erótica: no en conquistar un cuerpo, sino en crear juntos algo que ninguno traía hecho de antemano.

La intimidad se construye
Y para eso necesitamos intimidad.
No aparece simplemente porque dos personas se desnuden, ni la garantizan los años compartidos. La intimidad se construye cuando existe suficiente seguridad para explorar sin tener que saber de antemano.
Para decir «esto sí», «así no», «más despacio», «no sé» o «hoy no quiero». Para probar, equivocarnos, parar y cambiar de idea sin vivir cada gesto como un fracaso.
Porque una parte de nuestra sexualidad se aprende con alguien. Descubrimos al otro y nos descubrimos también en ese encuentro.
Y eso necesita tiempo y presencia.
Podemos estar desnudos frente a alguien y tener la cabeza muy lejos, pendientes de si lo hacemos bien, de cómo se ve nuestro cuerpo o de si llegaremos al orgasmo.
El cuerpo está allí. Nosotros, no siempre.
Ir despacio es tener tiempo para darse cuenta.
De lo que ocurre en el otro y de lo que ocurre en nosotros. Y desde ahí, poder encontrarnos.
¿Qué es entonces el buen sexo?
Quizá hemos asociado demasiado el buen sexo con la intensidad, la frecuencia, el rendimiento o el orgasmo.
Puede que tenga más que ver con sentirnos suficientemente seguros para explorar, escuchar, pedir, parar, equivocarnos y conservar la curiosidad por el cuerpo que tenemos delante.
Quizá el buen sexo no sea aquel en el que desaparece toda torpeza, sino aquel en el que podemos permitirnos ser un poco torpes.
No saberlo todo. No dar al otro por conocido. No tener que demostrar nada.
En una época que nos invita a acelerar, controlar y obtener resultados, quizá la intimidad nos proponga lo contrario: estar, prestar atención y dejarnos sorprender.
Darnos tiempo para descubrir qué puede aparecer entre dos cuerpos que no lo saben todo el uno del otro.
Un espacio que no es mío ni tuyo. Un nosotros.